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Memorias transformadoras y resistentes


Al hablar de memoria en medio del conflicto armado colombiano a lo primero que nos enfrentamos es a un silencio impuesto: un silencio que ha permeado la realidad de las víctimas y sobrevivientes, sus familias y la comunidad en general. La indiferencia e indolencia por parte del Estado y la sociedad da lugar a que los sobrevivientes tengan que vivir “(...) como si nada estuviese pasando, como si todo marchara dentro de los parámetros de la ‘normalidad’” (Aguilera, 2010, p. 163). Es por esto mismo que es importante preguntarnos: ¿desde qué lugar se entiende la memoria? ¿Cuál es el rol del sujeto en este ejercicio? ¿Hablamos de una memoria o de múltiples memorias? Estas preguntas nos invitan a ser reflexivos y críticos a nivel personal, cívico y profesional.

Memoria como proceso

La memoria es un ejercicio ético y político, un ejercicio transformador y movilizador, tanto individual como colectivo. El hacer memoria

implica considerar al sujeto como un agente activo en su realidad, un sujeto capaz de transformar su realidad social. Por ende, en el proceso de la memoria los seres humanos se convierten en sujetos activos en los procesos de transformación simbólica y de elaboración de sentidos del pasado. Son sujetos que «trabajan» sobre y con las memorias del pasado (Jelin, 2002, p.14).

Este proceso de transformación simbólica y elaboración sitúa a la memoria en constante construcción y la desliga del mero recuerdo. Se convierte en una forma de reconstruir, resignificar y darle sentido al pasado en el presente para así proyectarse hacia el futuro. La memoria se convierte en el eje del mañana (Jelin, 2002; Ruta Pacífica de las Mujeres, 2013). Así, pensar en la memoria va más allá de la reconstrucción del pasado y los recuerdos de hechos particulares. Esta surge como un pasado que se construye y se actualiza en el presente del sujeto y se articula en función de un futuro deseado (Jiménez, 2013). Se convierte en un recurso que activa la experiencia pasada y presente; y que al mismo tiempo moviliza a la acción con la expectativa de que ello produzca a futuro transformaciones (Jaramillo, Parrado, & Torres, 2017).

Por esto mismo, desde lo psicosocial, la memoria es un proceso que no es estático, es una memoria viva, única, particular, continua, en permanente cambio. Un espacio en donde los sujetos y colectivos pueden pensarse de otra manera y volver a existir. No se habla de una única memoria, sino de memorias diversas, con múltiples significados, que vive en los sujetos y grupos que la construyen y elaboran. La memoria no se trata de narrar lo que ocurrió de manera secuencial, clara y concisa sino precisamente de la vivencia ilógica, dolorosa y emocional de los hechos. Una vivencia subjetiva, única e irrepetible.

Tránsito de memorias victimizantes

Ahora bien, de acuerdo con Cruz, Reyes y Cornejo (2012), en países que han tenido gobiernos autoritarios, totalitarios o donde la violencia y violación a los derechos humanos forman parte de la cotidianidad, el hacer memoria se ha centrado en describir, documentar e historizar los hechos. Dejando de lado el ejercicio de hacer memoria, lo cual supone una necesidad de enfrentar a un pasado que sigue estando presente, en reparar simbólica y socialmente tanto a los sobrevivientes como a la sociedad en su conjunto (Cruz, Reyes y Cornejo, 2012).

Asimismo, Jaramillo (2015) plantea necesario que, como país, transitemos de memorias victimizantes a memorias transformadoras. Según este autor, el dolor y el sufrimiento han terminado colonizando el espacio de la memoria en Colombia. Ante esto, existe un riesgo de que al sujeto victimizado “se le otorgue este papel de por vida, en el que su capacidad de agencia o elaboración no puedan alterar esta condición” (Jaramillo, 2015, p. 16). Transitar a diversas memorias transformadoras implica no sólo darle un lugar al sufrimiento, sino precisamente centrarse en la resistencia de las personas, comunidades y organizaciones; a sus repertorios de afrontamientos y sus recursos. Asimismo, al hablar de memorias transformadoras, no se habla de una única memoria, sino de una construcción de memorias diversas y plurales que implican una “(...) multiplicidad de voces, circulación de múltiples ‘verdades’, también de silencios, cosas no dichas” (Jelin, 2002, p. 96).

Memorias de mujeres sobrevivientes

Esta noción de memorias transformadoras nos invita a situarnos desde las acciones colectivas y resistencias de las mujeres sobrevivientes del conflicto armado. Esas resistencias que les permiten

reconocerse las otras como iguales, en la solidaridad, el apoyo mutuo y la organización. En el silencio y la autoprotección. En la búsqueda de apoyo para sus familias, y especialmente sus hijos e hijas que son su máxima preocupación y también una fuente de sentido para seguir con sus vidas. Las formas de afrontamiento suponen también maneras de poner en cuestión sus roles establecidos socialmente. Tomar protagonismo público y organizarse como mujeres; reivindicar su papel en la defensa de la vida y los cambios en las relaciones de subordinación que la cultura patriarcal ha mantenido. La denuncia y la reivindicación de sus derechos supone no solo el aprendizaje de las leyes y sus derechos, sino sobre todo el ejercicio de la persistencia y una reconceptualización de sí mismas como sujetas de derechos y no como objeto de ayuda o de consuelo (Ruta Pacífica de las Mujeres, 2013, p.14).

Por ende, desde una cultura patriarcal, lo privado (la emoción, el cuidado, y el hogar) se le ha atribuido históricamente a las mujeres realizar un trabajo de memorias transformadoras (situadas en las resistencias), supone hacer un ejercicio político ya que las sitúa en lo público y en la búsqueda de reivindicar sus derechos. “Transformadora” significa construir una memoria en medio de un conflicto armado que no cesa y que busca aportar otras voces diferentes a la memoria, verdad o historia oficial que legitima ciertos poderes y ciertas verdades, empezando por la voz de los hombres.

Precisamente nos situamos desde lo psicosocial en una memoria reconstructiva que parta desde “abajo” e implique el ejercicio activo de múltiples y diversas voces de mujeres víctimas y sobrevivientes del conflicto armado. Una memoria que parta de sus luchas y resistencias cotidianas frente al silencio impuesto por la sociedad.


María Alejandra González Prieto

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Referencias

Aguilera, A. (2010). Del silencio impuesto a la recuperación de la memoria: una propuesta de atención psicológica a víctimas de violencia sociopolítica en Colombia. En MEMORIA, SILENCIO Y ACCIÓN PSICOSOCIAL Reflexiones críticas sobre por qué recordar en Colombia (págs. 159-177). Bogotá: Ediciones Cátedra Libre.

Cruz, M. A., Reyes, M. J., & Cornejo, M. (2012). Conocimiento Situado y el Problema de la Subjetividad del Investigador/a. Cinta de Moebio, 253-274.

Jaramillo, J. (2015). Ciencias sociales, construcción de paz y memorias transformadoras en Colombia. Provocaciones y Desafíos. Ponencia presentada en I Encuentro Internacional y el VI Institucional sobre Tendencias en Investigación en Ciencias Sociales y Trabajo Social, Reflexiones en torno a la Paz. Fundación Universitaria Unimonserrate, 22, 23 y 24 de abril de 2015.

Jaramillo, J., Parrado, E., & Torres, J. (2017). LOS TRABAJOS DE Y CON LA(S) MEMORIA(S) EN COLOMBIA (2005-2016). En Las Ciencias Sociales en sus desplazamientos: Nuevas Epistemes y Nuevos Desafíos (págs. 119-146). Buenos Aires: CLACSO.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI de España Editores.

Jiménez, S. (2013). Memoria, prácticas artísticas y espacio público: posibilidades frente al conflicto armado colombiano. Campos en Ciencias Sociales, 1(2), 387-413.

Reyes, M. J. (2003). Entre la reconciliación y la convivencia. Un análisis de las narraciones cotidianas en el contexto chileno. Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona.

Ruta Pacífica de las Mujeres. (2013). La Verdad de las Mujeres Víctimas del conflicto armado (Resumen). Bogotá : G2 Editores.


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