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Problematizar la comunidad y lo comunitario Construir un texto en torno a lo comunitario y su pote

María Fernanda Díaz Ardila

Construir un texto en torno a lo comunitario y su potencialidad para la transformación social no parece de entrada una tarea difícil. Al contrario, el tema abre una posibilidad muy amplia para recoger ejemplos de experiencias comunitarias y compartirlas. A medida que pensaba en qué experiencia compartir me encontraba con la pregunta sobre, ¿ Qué experiencias conozco de primera mano? Este cuestionamiento me remitió a pensar en los colectivos que le apuestan a proyectos de resistencia e incidencia social con los que he tenido la oportunidad de cruzarme en mi recorrido universitario (gracias a espacios de prácticas o de voluntariados). En seguida surgió en mí otra cuestión ¿ Debía ser yo quien hablara de sus experiencias?

Al no poder encontrar una respuesta con la que pudiera comulgar, pensé en abordar el problema desde otro ángulo. Después de mucho pensar y cuestionarme, concluí que, si bien no me sentía cómoda narrando experiencias que me son ajenas (no porque no las conozca, sino porque son soñadas, luchadas y materializadas por otras personas) sí podría traer a colación aprendizajes sobre lo comunitario que pude recoger de mi acompañamiento a estas colectividades.

De las lecciones más grandes con los que me pude encontrar en este espacio de acompañamiento a grupos de jóvenes dispuestos a transformar sus realidades en Bogotá, fue el problema de lo comunitario y la comunidad. En mi experiencia, viniendo de un ambiente académico donde se ha naturalizado el uso del término comunidad y/o comunitario para describir una inmensidad de realidades sociales, el toparme con la problematización de la palabra desde grupos que precisamente se enuncian como “colectividades” fue todo un reto.

Antes de continuar con mi ejemplo, me gustaría traer al presente escrito el primer capítulo del libro El Retorno a la comunidad del autor Alfonso Torres Carrillo (2013) titulado la comunidad como campo problemático. A modo de resumen, en este primer apartado, Torres , hace una pequeña presentación de lo que será el resto del libro: una exposición de la discusión (en disciplinas como la filosofía y la sociología) sobre la comunidad como categoría descriptiva y de análisis y, posterior a esto, rescata los aportes hechos desde la perspectiva latinoamericana de comunidad como categoría analítica y política para proyectos con horizontes emancipatorios.

Ahora bien, Torres (2013) inicia a problematizar el concepto de comunidad de la siguiente manera

Lo primero que salta a la vista es la vastedad de usos que asumen los términos “comunidad” y “comunitario”, tanto en el lenguaje común y cotidiano de diferentes sectores de la población, como en el lenguaje de las políticas institucionales (gubernamentales o no) orientadas a poblaciones pobres o en alguna condición de exclusión. En unas y otras narrativas, la comunidad es una de esas palabras que parecen naturales y transparentes y que, por tanto, no requieren mayor aclaración, así se refiera a esferas y escalas de realidad disímiles (p. 11, 2013).

En su sentido más irreflexivo la palabra comunidad hace referencia a un grupo de personas o seres humanos que comparten algo en común y este suele estar relacionado con significados positivos como la unión, lo similar, lo solidario, acogedor, etc. De esta forma, la comunidad es vista como buena, como un lugar de encuentro donde no hay cabida para las diferencias ni conflictos.

Como señaló antes Torres, la comunidad parece tan natural y transparente en su significado que aparentemente no hay por qué cuestionar su extensivo uso y es en este punto donde ocurre un problema. Es así que Torres (2013) señala que, por un lado, la simplificación de la comunidad a una imagen unitaria y esencialista “invisibiliza las diferencias, tensiones y conflictos propios de todo colectivo o entidad social” (p.13). Y, por otro lado, también sirve para que desde esta simplificación organizaciones de todo tipo lleven a cabo acciones de intervención para las comunidades sin tener en cuenta la complejidad en la que están inmersas las mismas y todas las aristas que las componen.

Volviendo a mi ejemplo, en el caso del colectivo al que pude acompañar, lo descrito anteriormente era una idea que resonaba mucho en los integrantes de este grupo, cuyo horizonte buscaba hacer resistencia a opresiones estructurales e incidir transformando el territorio que habitaban (barrios de las periferias de Bogotá que por su conformación han tenido dificultades con el acceso a servicios públicos y condiciones de vida digna). En varias ocasiones expresaron la desconfianza que intervenciones comunitarias propuestas por parte de entes gubernamentales, así como organizaciones no gubernamentales, les producían. Dentro de algunos de los ejemplos que mencionaban, resaltaban experiencias en las que estas organizaciones, si bien ofrecían un acompañamiento al colectivo abogando por la construcción de comunidad y tejido social, su actuar no era consecuente y no tenía en cuenta las particularidades del contexto, ni las propuestas de las personas a las que llamaba la comunidad. Así se ve reflejada una mirada crítica y políticamente aguda sobre la cuestión de comunidad y lo comunitario que termina generando escepticismo y sospecha por parte de quienes han visto su uso tergiversado (como único y universal) a favor de intereses políticos ajenos a los de la misma comunidad que pretende ser beneficiaria de las acciones.

En el caso del colectivo en cuestión, no solo se problematizó la comunidad sino que además se resignificó. Esta palabra pasó a formar parte del horizonte hacia donde irían encaminadas en ese momento las acciones del grupo: pasó de ser comunidad a común – unidad. Los integrantes del colectivo coincidieron en que separando la palabra, esta cargaba un nuevo sentido; por una parte, el proceso de separación reconocía las discusiones y el conflictivo proceso por el que habían pasado para lograr construir un objetivo político (horizonte) que diera cuenta de la diversidad que el grupo cobijaba y, por el otro, hace énfasis en los dos componentes del término: lo común y la unidad, lo que hace que quien lo lea o escuche ponga especial atención a este y a su significado y no lo dé por sentado.

Esto es solo un breve ejemplo y un primer acercamiento a la problematización de un término cuya discusión ha dado para siglos de debates y extensos libros en varias áreas disciplinares (filosofía, lingüística, sociología, etc.). Lo que pretendo con este texto es, a partir de mi experiencia, extender la invitación a no dar por sentado aquellas palabras que se suelen utilizar a diario en nuestro quehacer y, por el contrario, estar siempre construyéndolas desde las complejidades de los contextos en los que nos sumergimos para que estas cobren sentido.

Referencias

Torres, A. (2013). El Retorno a la Comunidad: Problemas, debates y desafíos de vivir juntos.


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